jueves, 31 de mayo de 2012

Bienvenido




Odiaba Guanajuato. Odiaba todo. La primera llamada del teléfono le siguió a una imagen que le llegó apenas entraba en la viaje casa de San Roque, entre la media noche y el último campanazo de la iglesia. Morir. 
Solamente descolgó el teléfono sin saber que, después de ese momento, no iba a dormir jamás. La luna colgaba encima del campanario y detrás, en un montón de nubes, circulaba la madrugada. Del garrafón tomó un vaso de agua y puso sobre la mesa del comedor los codos, recargó la cabeza en una lánguidamente para lanzarse al olvido. Era ya un domingo, las calles palidecían entre los adoquines milenarios. Miró el cuerpo del teléfono pesadamente. Nadie podía llamar a esas horas, a menos que fueran algunas noticias verdaderamente importantes. Entonces pensó en Otilia. Luego de la ruptura, había pasado un buen rato de coraje que no deseaba volver a encender. Si acaso ella llamaba era para pedirle otra vez los viejos discos de Sabina. Era un asunto concluido.
—Que se vaya a la chingada.
Acabó de tomar el último trago cuando decidió contestar el teléfono. Si tenía que mandar al diablo a Otilia, sólo le quedaba hacerlo. 
— ¿Quién habla?— preguntó escamado. 
—Llamo porque no podía dormir— contestó desde el otro lado de la línea una voz de mujer, enturbiada por la modorra. Estaba seguro que el aliento olería a caño. De momento quiso reconocer la voz de Otilia, pero ningún registro de la memoria lograba hacerle llegar al presente un timbre parecido. — ¿Con quién quiere hablar?— machacó antes de dejar entra una conversación. En el fondo quería que fuese Otilia, pero la voz era aguda y rencorosa. 
La mujer llamaba porque no quería dormir. Dijo que otros le habían colgado en un acto de espanto, pero ella le suplicó que no colgara. Había tenido un pésimo día. Las cosas no se detienen. El mundo sigue girando, es un ser que no duerme. Dormir es reaccionario. Hay que combatirlo. Pero el propósito de la llamada no se hallaba en interrumpir el sueño, sino en no volver a soñar. 
Le pareció de lo más sensato lo que aquella mujer acababa de decir. Entonces imaginó a Otilia en una playa lejana, intoxicada de aire de trópico y con la piel calcinada por los rayos de sol. Y también se le volvieron los recuerdos de una vez que anduvieron por la orilla de la presa de la Olla, invocando al espíritu de la luna. Y los besos. Y los abrazos calientes. Y recordó que no tenía dinero para el boleto de regreso y caminaron dos kilómetros para volver a la casa. La soledad estaba presente como una pesada roca. Se vio ladrando sus pesares a una desconocida y desconsolada mujer que quería suicidarse. El miedo le machacó las plantas de los pies. Trepó hasta el estómago y le encajó ese vértigo helado de los abandonados. Su interlocutora moría de lo mismo, se abrazaba a un pasado canceroso, muerto, infame. Un hombre perdido, un hueco en la almohada, sexo pantuflero, un café helado, un teléfono muerto… En cada palabra de esa mujer parecía calcar su propia imagen. Fue perdiendo el miedo o ganando valor. 
Se levantó de la silla para asomarse a través de la ventana como si quisiera encontrar un rostro, al tiempo que la mujer del teléfono le advirtió que quizá todo era un sueño, que quizá le salvaría la vida, que tenía mil posibilidades para vivir y ninguna para morir. —Bienvenido a tu vida— dijo y colgó.  
Desde el campanario de San Roque revolotearon unos murciélagos que pintaban un rayo negro a la mitad de la luna.  

lunes, 28 de mayo de 2012

Así cualquiera



—¡Se puso como loca, por eso la maté!— fueron las primeras palabras que declaró en el ministerio público. Sonaron distraídas, convincentes, pegadoras; la secretaria las tecleó sin inmutarse, quizá pensaba en salir de turno e irse al cine. Laura, secretaria de academia, con veinte años en el ejercicio público, fue encontrada por el velador cuando trataba de cerrarle los ojos a Raquel, su nueva jefa. No hubo otros testigos. El hombre la detuvo, llamó a la policía y en la espera se bebieron un café. 
—No voy a negar que la estrangulé. Pero estaba loca. Pero cuando hablaba de ella, de sus planes en la oficina se ponía insoportable. Era como si me metiera un puño de tachuelas en la garganta. Odiaba su éxito. Odiaba que fuera mejor que yo; si había una reunión en la oficina ella llegaba con vestidos muy caros y siempre tenía un detalle con el delegado; si no era el café, era una cualquier sutileza que me hacía quedar mal. Soy competitiva desde niña, si. Entonces desde el primer día que llegó a dejar su currículum supe que iba a tener problemas. Era un currículum impecable. Estudios en el extranjero, proyectos creativos, una secuela de éxitos que yo no podría superar ni volviendo a nacer. Soy una persona que empezó desde cero, picando piedra, llevando café, comprando las tortas, horas al sol repartiendo volantes, paga de salario mínimo. Era una ofensa personal, una patada al orgullo, a las espinillas. Ninguna niña bien iba a venir a ponerse encima de mí tan fácilmente; mínimo que pasara las de Caín para crecer en el ambiente de la oficina, oye no. Cuando estaba por tirar a la basura el currículum, entró el jefe y sin inmutarse me lo arrebató. Ya el chismoso del Requena había comentado lo buena que se veía la chica con ese pantalón blanco ajustado y mi jefe corrió hasta mi escritorio. Entonces fueron tres entrevistas consecutivas para que Raquel se quedara con el puesto. Se cumplió con la convocatoria y todas las eventualidades.
Laura tomó un respiro. Miró alrededor. Los ojos pasmados del Ministerial le hicieron reaccionar como si hubiera visto un fantasma. — Yo siempre he creído en el trabajo señor. Mire, la vida me ha puesto en situaciones difíciles y creo que todo lo difícil vale la pena, es lo correcto. Tuve miedo, como no, mi trabajo estaba en riesgo. La buena suerte de los otros me aterra. Raquel era mejor en todos los sentidos. Siempre me lo dijo mi jefe, “Raquel es un elemento que sirve al país, necesitamos más mujeres como ella” y sus palabras olieron a mierda.  Me taladraron la dignidad. Raquel se tenía que hundir. A mí nadie me ayudó. No he tenido padrinos políticos, ni cuates que me celebren los méritos; cada día significaba ganarme el reconocimiento a pulso, como si saldara una cuenta con la sociedad, como si fuera un abono para integrarme a ella. Todos estábamos bien en la oficina hasta que murió el licenciado Augurio y tuvieron que abrir la plaza. Al cabo Raquel era rica, de buena cuna, no necesitaba un trabajo como ese. Ella ocupaba un lugar que merecía alguien como yo, como las  de mi clase; la clase trabajadora, las que venimos desde abajo. Mire, hubo muchas, pero Raquel ganó por su buena suerte. 
—¿Dije que se puso como loca no?, pues el delegado me asignó como su secretaria. Soporté una semana de sus patanerías, de sus abusos y todo sin avisarle a mi sindicato. Una semana tomando notas y llamadas, una semana en la que no se la desearía a nadie. Cuando llegó el viernes, la tomó contra mí porque había olvidado darle un recado del jefe. Una cita importante. Al segundo grito, mi cuerpo se encendió en llamas. Le lancé la engrapadora en la cabeza para que se tranquilizara. Gritaba como loca. No dejaba de señalarme mis errores, pero yo siempre he sido secretaria. ¡Qué va! Se tomó la frente y chascó los dedos. ¡Te me largas! No pude más. Así cualquiera. Estaba como loca.